domingo, 1 de mayo de 2011
jueves, 28 de abril de 2011
Las comisiones del hijo de chaves en Cajasol
“Cajasol no necesitaba gastarse 200.000 euros al año en los periódicos de Publicaciones del Sur, pero después de una reunión o llamada de Iván Chaves al presidente o al director de comunicación de la caja, se daban las órdenes de compra. En ocasiones se terminaba el año y ni siquiera habíamos consumido todas las páginas compradas”. Éste es el testimonio de un empleado de Cajasol -hoy dentro de Banca Cívica tras la fusión de las cajas- que ha pedido el anonimato y que relata a El Confidencial cómo obtenía las comisiones el hijo del entonces presidente de la Junta, que sólo en 2007 contabilizó una veintena de reuniones para vender publicidad de PdS a consejerías, empresas públicas y cajas andaluzas.
Iván Chaves se reunía con Antonio Pulido, entonces presidente de Cajasol y ahora de Banca Cívica, y con el director de comunicación, Javier Blanco. En esas citas se acordaba una cifra de facturación del Grupo Publicaciones del Sur, que edita decenas de periódicos, principalmente gratuitos bajo la cabecera Viva, como Viva Linares o Viva Chiclana, en distintas poblaciones andaluzas. Según la misma fuente, “el impacto publicitario estaba más que cubierto con otros periódicos mucho más representativos, pero comprándole publicidad a PdS le hacían un favor, una gracia, al hijo del presidente de la Junta", que cobraba una comisión de hasta el 50% en la facturación.
En noviembre de 2008 la facturación anual de PdS a Cajasol no era lo suficientemente abultada en función a los compromisos conseguidos por Iván Chaves, por lo que se dio la orden de gastar en un solo mes, diciembre, 54.810 euros en dobles páginas a color, en tres cabeceras, durante siete días. “Esa cantidad no tiene sentido, es carísimo para unos periódicos de ese nivel. Se trataba de contratar 200.000 euros anuales al cliente de Iván Chaves, cuando con 50.000 sería más que suficiente. Cualquier medio líder que vea esta cifra de consumo y a ese precio la doble página de uno de esos periódicos se echa las manos a la cabeza. Es evidente que había algo raro, aunque en Cajasol todo el mundo sabe cómo funcionaba Iván Chaves”, declaran desde la entidad financiera
El control de la Junta sobre las cajas andaluzas
Cuando Iván el comisionista quería facturar más, hacía lo que denominaban “el caminito”: llamaba al presidente de Cajasol, Antonio Pulido, que no le quedaba más remedio que recibir al hijo del entonces presidente de la Junta. Luego se reunía con Javier Blanco, director de comunicación, y se daba la orden de comprar más publicidad. “Aunque no hiciera falta, había que comprar”, sostienen las fuentes consultadas, las mismas que intuyen que a Pulido no le hacían gracia los negocios de Iván Chaves, pero terminaba cediendo, “ya que el poder de la Junta en las cajas andaluzas es enorme”.
Las fuentes consultadas aseguran que este sistema se calcaba con las consejerías y las empresas públicas reflejadas en la contabilidad de Iván Chaves: reunión con el consejero y orden de compra. Todo ello con Manuel Chaves como presidente autonómico.
En Cajasol, hoy Banca Cívica, ha causado extrañeza la reacción de Manuel Chaves tras la publicación del escándalo de su hijo en El Confidencial: “Lo de Iván Chaves lo sabía todo Sevilla. Él es discreto, pero todos lo veíamos. Además, su socio, Javier Olaegui, se ha pavoneado continuamente de las comisiones que recibia.
Iván Chaves se reunía con Antonio Pulido, entonces presidente de Cajasol y ahora de Banca Cívica, y con el director de comunicación, Javier Blanco. En esas citas se acordaba una cifra de facturación del Grupo Publicaciones del Sur, que edita decenas de periódicos, principalmente gratuitos bajo la cabecera Viva, como Viva Linares o Viva Chiclana, en distintas poblaciones andaluzas. Según la misma fuente, “el impacto publicitario estaba más que cubierto con otros periódicos mucho más representativos, pero comprándole publicidad a PdS le hacían un favor, una gracia, al hijo del presidente de la Junta", que cobraba una comisión de hasta el 50% en la facturación.
En noviembre de 2008 la facturación anual de PdS a Cajasol no era lo suficientemente abultada en función a los compromisos conseguidos por Iván Chaves, por lo que se dio la orden de gastar en un solo mes, diciembre, 54.810 euros en dobles páginas a color, en tres cabeceras, durante siete días. “Esa cantidad no tiene sentido, es carísimo para unos periódicos de ese nivel. Se trataba de contratar 200.000 euros anuales al cliente de Iván Chaves, cuando con 50.000 sería más que suficiente. Cualquier medio líder que vea esta cifra de consumo y a ese precio la doble página de uno de esos periódicos se echa las manos a la cabeza. Es evidente que había algo raro, aunque en Cajasol todo el mundo sabe cómo funcionaba Iván Chaves”, declaran desde la entidad financiera
El control de la Junta sobre las cajas andaluzas
Cuando Iván el comisionista quería facturar más, hacía lo que denominaban “el caminito”: llamaba al presidente de Cajasol, Antonio Pulido, que no le quedaba más remedio que recibir al hijo del entonces presidente de la Junta. Luego se reunía con Javier Blanco, director de comunicación, y se daba la orden de comprar más publicidad. “Aunque no hiciera falta, había que comprar”, sostienen las fuentes consultadas, las mismas que intuyen que a Pulido no le hacían gracia los negocios de Iván Chaves, pero terminaba cediendo, “ya que el poder de la Junta en las cajas andaluzas es enorme”.
Las fuentes consultadas aseguran que este sistema se calcaba con las consejerías y las empresas públicas reflejadas en la contabilidad de Iván Chaves: reunión con el consejero y orden de compra. Todo ello con Manuel Chaves como presidente autonómico.
En Cajasol, hoy Banca Cívica, ha causado extrañeza la reacción de Manuel Chaves tras la publicación del escándalo de su hijo en El Confidencial: “Lo de Iván Chaves lo sabía todo Sevilla. Él es discreto, pero todos lo veíamos. Además, su socio, Javier Olaegui, se ha pavoneado continuamente de las comisiones que recibia.
Nuevas formas de gobernabilidad
Mañana, jueves 28 de abril, Isabel Ceballos —candidata de UPyD a la Alcaldía de Sevilla— presentará su propuesta de gobierno en medio de la indiferencia mediática y a pesar del desasosiego que provocan las especulaciones sobre los posibles pactos que podrían producirse tras el 22-M. ¿Por qué no es noticia que UPyD podría favorecer el gobierno de la lista más votada sin exigir ninguna prebenda o concejalía a cambio?
Durante años Sevilla ha estado a merced de coaliciones que han desnaturalizado el sentido del voto mayoritario de los ciudadanos, y para una vez que aparece una opción dispuesta a favorecer el gobierno de la lista más votada sin reclamar una parte de la tarta, el silencio mediático es unánime. No entiendo por qué los partidos que admiten su vocación de bisagra y componenda despiertan más interés que los partidos que desean demostrar con el ejemplo que se puede hacer política sin negociar poder y privilegios.
Algo que debería llamar la atención de los analistas es que el discurso de Isabel Ceballos no cae en el delirio de asumir que puede llegar a ser alcaldesa. La alcaldía es cosa de dos partidos, y de lo que se trata es de enseñarle a esos mismos partidos que no todos están dispuestos a chantajear o pastelear. ¿Y entonces por qué tomarse la molestia de presentarse a unas elecciones? Porque la vocación de crear Estado es mejor que la ambición de formar gobierno. El respaldo de Isabel Ceballos a la lista más votada no supondría una concejalía (ni siquiera la de Urbanismo enriquecida con Fiestas Mayores), sino el compromiso de suscribir un pacto nacional por la Reforma Electoral, la Reforma del Poder Judicial y la Reforma de la Educación. En realidad, en cada municipio donde el apoyo de UPyD pueda contribuir al gobierno de la lista más votada, la vocación de crear Estado primará sobre la ambición de formar gobierno.
Más de cien candidatos concurrirán a las próximas elecciones en calidad de imputados, lo cual dice muy poco del respeto de sus partidos hacia las instituciones democráticas. Quienes votan por las mismas siglas a pesar de los casos de corrupción descubiertos no influyen en los sondeos. Quienes piensan que la corrupción de los suyos es más tolerable que la de los otros no cotizan en las encuestas. Y quienes creen «a priori» que un cincuenta por ciento del electorado les pertenece no representan un estado de opinión. En realidad, el desenlace del 22-M lo decidirán quienes no están incluidos en ninguno de los considerandos anteriores. Por ejemplo, quienes ya le votaron a ambos y quienes todavía no le han votado a ninguno de los dos partidos tienen mucho más que decir en las próximas elecciones.
Isabel Ceballos es la única candidata que promete defender la voluntad de la mayoría de los sevillanos y me consta que ejercer esa representación la colmaría por completo. Si alguien cree que las elecciones del 22-M son de verdad plebiscitarias, debería votar por la vocación de crear Estado
Durante años Sevilla ha estado a merced de coaliciones que han desnaturalizado el sentido del voto mayoritario de los ciudadanos, y para una vez que aparece una opción dispuesta a favorecer el gobierno de la lista más votada sin reclamar una parte de la tarta, el silencio mediático es unánime. No entiendo por qué los partidos que admiten su vocación de bisagra y componenda despiertan más interés que los partidos que desean demostrar con el ejemplo que se puede hacer política sin negociar poder y privilegios.
Algo que debería llamar la atención de los analistas es que el discurso de Isabel Ceballos no cae en el delirio de asumir que puede llegar a ser alcaldesa. La alcaldía es cosa de dos partidos, y de lo que se trata es de enseñarle a esos mismos partidos que no todos están dispuestos a chantajear o pastelear. ¿Y entonces por qué tomarse la molestia de presentarse a unas elecciones? Porque la vocación de crear Estado es mejor que la ambición de formar gobierno. El respaldo de Isabel Ceballos a la lista más votada no supondría una concejalía (ni siquiera la de Urbanismo enriquecida con Fiestas Mayores), sino el compromiso de suscribir un pacto nacional por la Reforma Electoral, la Reforma del Poder Judicial y la Reforma de la Educación. En realidad, en cada municipio donde el apoyo de UPyD pueda contribuir al gobierno de la lista más votada, la vocación de crear Estado primará sobre la ambición de formar gobierno.
Más de cien candidatos concurrirán a las próximas elecciones en calidad de imputados, lo cual dice muy poco del respeto de sus partidos hacia las instituciones democráticas. Quienes votan por las mismas siglas a pesar de los casos de corrupción descubiertos no influyen en los sondeos. Quienes piensan que la corrupción de los suyos es más tolerable que la de los otros no cotizan en las encuestas. Y quienes creen «a priori» que un cincuenta por ciento del electorado les pertenece no representan un estado de opinión. En realidad, el desenlace del 22-M lo decidirán quienes no están incluidos en ninguno de los considerandos anteriores. Por ejemplo, quienes ya le votaron a ambos y quienes todavía no le han votado a ninguno de los dos partidos tienen mucho más que decir en las próximas elecciones.
Isabel Ceballos es la única candidata que promete defender la voluntad de la mayoría de los sevillanos y me consta que ejercer esa representación la colmaría por completo. Si alguien cree que las elecciones del 22-M son de verdad plebiscitarias, debería votar por la vocación de crear Estado
miércoles, 27 de abril de 2011
España y los nacionalismos o la doble vara de medir que padecemos.
Permítanme comenzar por el final de este razonamiento, que va sobre la extraña manera de ver y entender los nacionalismos que domina en España. Vamos allá: uno de los tópicos sobre el parlamentarismo español dice que, a virtuosa diferencia de otros países europeos como Francia, Italia o Finlandia, la extrema derecha no ocupa ningún escaño en el Parlamento nacional (ni en la mayoría de los autonómicos, si exceptuamos el catalán por la SI de Laporta o de quien sea ahora). Una versión “progre” y taimada de este argumento agradece al PP esta excepción, ya que el gran partido de la derecha española habría hecho el favor de asumir la cuota de extrema derecha, haciendo innecesario un partido de ese perfil; en realidad este argumento insinúa lo que algunos publicistas dicen abiertamente, que en el PP la extrema derecha ya está representada por personas como Jaime Mayor Oreja o José María Aznar. Pero no es mi intención ahora refutar esta solemne tontería, sino indagar la afirmación del principio acerca de nuestra supuesta excepción democrática, de la que deberíamos sentirnos muy orgullosos: en España no hay partidos parlamentarios de extrema derecha. Sea por las virtudes aglutinantes del PP, o bien por estar escarmentados del invento tras los cuarenta años de dictadura: ese vendría a ser el consolador corolario.
Ahora bien, ¿será cierto que estamos libres de esa plaga? Me parece que no, pero para localizar esa extrema derecha disimulada yo no miraría hacia los escaños del PP. Investiguemos por otra parte, y para orientar bien el escrutinio examinemos primero los países vecinos con los que nos comparamos.
¿Quiénes componen la extrema derecha de nuestros vecinos? Partidos como el Frente Nacional, la Liga Padana o los Auténticos Finlandeses allá en el norte. ¿Qué tienen todos ellos en común?: sin duda alguna el nacionalismo exacerbado, el euroescepticismo, la insolidaridad fiscal (como negativa a transferir recursos a sus vecinos más pobres o desfavorecidos) y una xenofobia que puede ser más o menos intensa y se expresa en hostilidad a los inmigrantes, temor a la aculturación y defensa de las tradiciones locales. Esos son los ingredientes ideológicos de partidos que en España los comentaristas califican de neofascistas o de extrema derecha por abrumadora mayoría y con unánime hilo argumental; ayer mismo Soledad Gallego-Díaz nos ofreció un hermoso ejemplo en El País. Yo suscribiría buena parte de sus críticas y temores si no me desconcertara algo previo: que esos rasgos tan temibles en partidos franceses, italianos, holandeses o finlandeses se aceptan como algo normal en partidos españoles que, aplicando la misma vara de medir, deberían ser sentenciados de tan neofascistas como sus adláteres ideológicos. Y me refiero, obviamente, a PNV, CIU, ERC, BNG y el resto de la nutrida y repetitiva sopa de letras nacionalista (con nada menos que seis siglas con representación institucional en País Vasco y Navarra).
¿Acaso no llevamos soportando 30 años a PNV, CIU y ERC –por no hablar de Batasuna y sus sucesivos avatares- la defensa y la práctica constantes de esas políticas que tanto miedo dan si las defienden siglas de otros países: insolidaridad fiscal, ataques al Estado común, xenofobia y particularismo cultural exacerbado con imposiciones políticas antidemocráticas de por medio (como la “normalización lingüística”)? ¿Por qué resulta escandaloso que los Auténticos Finlandeses se nieguen a ayudar a Portugal cuando es lo que llevan haciendo todos los políticos vascos y navarros (excepto los de UPyD) con las CCAA más desfavorecidas de España (que en realidad aportan a los respectivos Conciertos Económicos), y lo que acaban de lograr los catalanes con su nuevo Estatuto? Lo explicó muy bien hace poco Ruiz Soroa. ¿Qué clase de miopía o hipocresía conduce a tantos analistas a condenar como ultrareaccionario en Finlandia o Italia lo que se considera progresista si sucede en País Vasco o Cataluña? Yo diría que esto es o bien una ola generalizada de estupidez, o bien un caso patente de corrupción intelectual.
De manera que, regresando al principio, si aplicamos la misma vara de medir a los partidos nacionalistas europeos y a los españoles, resultará que nuestra supuesta excepción democrática y progresista se desvanece en el aire: hay escaños de extrema derecha en el Parlamento español, todos los que corresponden a partidos con esas ideas y prácticas ultranacionalistas, es decir, CIU, PNV, ERC, BNG, NaBai… Ahora díganme si quieren que no es para tanto y que en esos partidos hay gente estupenda a la que no se puede tildar de neofascista de ninguna de las maneras, pero díganme entonces por qué sí a sus correligionarios del resto de Europa. Si queremos entender el mundo que nos rodea porque aspiramos a transformarlo en algo mejor, qué menos que medirlo con la misma vara.
Por lo demás, es una gran satisfacción escribir estas líneas en pleno y aburrido Aberri Eguna, una celebración sectaria nacionalista impuesta a los demás, dentro de un lote de símbolos sectarios que incluye bandera, himno y corónimo (Euskadi), como “fiesta nacional” de una nación que democráticamente no lo es. Sin embargo, pocas voces en el País Vasco discrepan de semejante imposición e incluso la mayoría la acepta como opción propia libremente elegida aunque diga no ser nacionalista. Un buen ejemplo de cómo las fuerzas no nacionalistas de izquierda y derecha han acabado mimetizándose de nacionalistas hasta el punto de llegar a creer, en un malabarismo digno de Orwell, que el nacionalismo que detestan y temen en otros países es en cambio el no va más del progresismo y la democracia en el propio. Seguiremos con este asunto, porque el nacionalismo vuelve a llamar a la puerta de Europa tras no haberse ido nunca de España: primero con Franco y sus secuaces, luego con los separatistas y ahora con sus imitadores acomplejados
Ahora bien, ¿será cierto que estamos libres de esa plaga? Me parece que no, pero para localizar esa extrema derecha disimulada yo no miraría hacia los escaños del PP. Investiguemos por otra parte, y para orientar bien el escrutinio examinemos primero los países vecinos con los que nos comparamos.
¿Quiénes componen la extrema derecha de nuestros vecinos? Partidos como el Frente Nacional, la Liga Padana o los Auténticos Finlandeses allá en el norte. ¿Qué tienen todos ellos en común?: sin duda alguna el nacionalismo exacerbado, el euroescepticismo, la insolidaridad fiscal (como negativa a transferir recursos a sus vecinos más pobres o desfavorecidos) y una xenofobia que puede ser más o menos intensa y se expresa en hostilidad a los inmigrantes, temor a la aculturación y defensa de las tradiciones locales. Esos son los ingredientes ideológicos de partidos que en España los comentaristas califican de neofascistas o de extrema derecha por abrumadora mayoría y con unánime hilo argumental; ayer mismo Soledad Gallego-Díaz nos ofreció un hermoso ejemplo en El País. Yo suscribiría buena parte de sus críticas y temores si no me desconcertara algo previo: que esos rasgos tan temibles en partidos franceses, italianos, holandeses o finlandeses se aceptan como algo normal en partidos españoles que, aplicando la misma vara de medir, deberían ser sentenciados de tan neofascistas como sus adláteres ideológicos. Y me refiero, obviamente, a PNV, CIU, ERC, BNG y el resto de la nutrida y repetitiva sopa de letras nacionalista (con nada menos que seis siglas con representación institucional en País Vasco y Navarra).
¿Acaso no llevamos soportando 30 años a PNV, CIU y ERC –por no hablar de Batasuna y sus sucesivos avatares- la defensa y la práctica constantes de esas políticas que tanto miedo dan si las defienden siglas de otros países: insolidaridad fiscal, ataques al Estado común, xenofobia y particularismo cultural exacerbado con imposiciones políticas antidemocráticas de por medio (como la “normalización lingüística”)? ¿Por qué resulta escandaloso que los Auténticos Finlandeses se nieguen a ayudar a Portugal cuando es lo que llevan haciendo todos los políticos vascos y navarros (excepto los de UPyD) con las CCAA más desfavorecidas de España (que en realidad aportan a los respectivos Conciertos Económicos), y lo que acaban de lograr los catalanes con su nuevo Estatuto? Lo explicó muy bien hace poco Ruiz Soroa. ¿Qué clase de miopía o hipocresía conduce a tantos analistas a condenar como ultrareaccionario en Finlandia o Italia lo que se considera progresista si sucede en País Vasco o Cataluña? Yo diría que esto es o bien una ola generalizada de estupidez, o bien un caso patente de corrupción intelectual.
De manera que, regresando al principio, si aplicamos la misma vara de medir a los partidos nacionalistas europeos y a los españoles, resultará que nuestra supuesta excepción democrática y progresista se desvanece en el aire: hay escaños de extrema derecha en el Parlamento español, todos los que corresponden a partidos con esas ideas y prácticas ultranacionalistas, es decir, CIU, PNV, ERC, BNG, NaBai… Ahora díganme si quieren que no es para tanto y que en esos partidos hay gente estupenda a la que no se puede tildar de neofascista de ninguna de las maneras, pero díganme entonces por qué sí a sus correligionarios del resto de Europa. Si queremos entender el mundo que nos rodea porque aspiramos a transformarlo en algo mejor, qué menos que medirlo con la misma vara.
Por lo demás, es una gran satisfacción escribir estas líneas en pleno y aburrido Aberri Eguna, una celebración sectaria nacionalista impuesta a los demás, dentro de un lote de símbolos sectarios que incluye bandera, himno y corónimo (Euskadi), como “fiesta nacional” de una nación que democráticamente no lo es. Sin embargo, pocas voces en el País Vasco discrepan de semejante imposición e incluso la mayoría la acepta como opción propia libremente elegida aunque diga no ser nacionalista. Un buen ejemplo de cómo las fuerzas no nacionalistas de izquierda y derecha han acabado mimetizándose de nacionalistas hasta el punto de llegar a creer, en un malabarismo digno de Orwell, que el nacionalismo que detestan y temen en otros países es en cambio el no va más del progresismo y la democracia en el propio. Seguiremos con este asunto, porque el nacionalismo vuelve a llamar a la puerta de Europa tras no haberse ido nunca de España: primero con Franco y sus secuaces, luego con los separatistas y ahora con sus imitadores acomplejados
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